Este artículo no es para quien está con depresión. Es para el que está al lado: la pareja, un hijo, una madre, un amigo que no sabe si está ayudando o molestando.
Es un lugar incómodo y bastante solitario, y casi nadie escribe para ahí.
¿Qué es lo más útil que puedo hacer?
Estar disponible sin exigir.
Suena poco y es lo más difícil de sostener, porque no da resultados visibles. Acompañar a alguien deprimido implica bancar largos períodos donde no pasa nada, donde tus propuestas se rechazan y donde parece que no servís de nada. Servís. Lo que no vas a ver es el efecto en el momento.
Lo concreto: proponé cosas chicas y concretas en vez de generales. “¿Querés que vayamos a caminar veinte minutos?” funciona mejor que “avisame si necesitás algo”, porque lo segundo le deja la iniciativa a la persona que justamente perdió la capacidad de iniciar.
El error de sacarle el turno
Este merece su propia sección porque pasa todo el tiempo.
Alguien preocupado llama, saca un turno para otra persona, y esa persona no se presenta. Pasa muchísimo, y se entiende de dónde sale: querés destrabar algo que está trabado hace meses.
El problema es que un tratamiento que empieza sin decisión propia no arranca. La persona va porque la mandaron, no responde, se frustra y queda con la idea de que la terapia no le sirve. Además de perder el turno, se pierde algo más caro, que es la disposición a intentarlo de nuevo.
Lo que sí ayuda: ofrecer acompañar, buscar la información juntos, estar cuando decida. Que la llamada la haga la persona, aunque sea con vos al lado.
¿Cuánto tengo que preguntar?
Menos de lo que estás preguntando, probablemente.
Los dos errores más comunes van en direcciones opuestas y los dos se cometen con la mejor intención. Uno es preguntar demasiado: cómo estás, dormiste bien, comiste, hablaste con alguien, pensaste en lo que te dije. La persona termina sintiéndose auditada y responde en automático para que la dejen en paz.
El otro es desaparecer, por miedo a incomodar o por cansancio acumulado. Suele ser el que más duele del otro lado.
Un punto medio razonable: presencia constante y liviana. Un mensaje corto sin obligación de responder. Estar cerca sin convertirte en el termómetro de su estado de ánimo.
¿Qué digo y qué no?
Lo que suele ayudar es validar: “sé que la estás pasando mal”, “no hace falta que me expliques”, “estoy acá”.
Lo que suele caer mal, aunque se diga con cariño, son las frases que empujan a estar bien: “pensá en todo lo que tenés”, “hay gente peor”, “tenés que poner de tu parte”, “salí un poco y se te pasa”. La persona ya se dice todo eso sola, y escucharlo de afuera confirma la idea de que es culpa suya.
¿Y si no quiere tratarse?
Es lo más frecuente y lo más difícil de sostener.
No se puede obligar a un adulto a hacer terapia, y forzarlo no funciona. Lo que sí se puede es bajar la barrera: ofrecer buscar información, acompañar a la primera consulta, ayudar con lo práctico de coordinar. A veces la resistencia no es al tratamiento sino al trámite, y eso sí se puede resolver.
Y algo que conviene tener presente: la falta de iniciativa es un síntoma del cuadro. Que no llame no significa que no quiera estar mejor.
¿Cuándo deja de ser cuestión de esperar?
Cuando aparece riesgo.
Si dice que no quiere seguir viviendo, si empieza a despedirse, a regalar cosas, a ordenar asuntos, o si hay un intento previo, ahí no se espera ni se respeta la decisión de no consultar. Se recurre a los servicios de salud de manera urgente.
Si la vida de esa persona está en riesgo, no esperes. Llamá al 135 desde CABA y Gran Buenos Aires, o al 0800-345-1435 desde todo el país (Centro de Asistencia al Suicida, gratuito, 24 horas). Si el riesgo es inmediato, llamá al 911 o llevala a una guardia.
¿Y yo?
Acompañar desgasta, y ese desgaste no se habla.
Vas a tener bronca, culpa por tener bronca, y cansancio. Todo eso es esperable y no te hace mala persona. Sostener a alguien durante meses sin apoyo propio termina mal para los dos. Si podés, buscá tu propio espacio, aunque sea unas pocas consultas.
Preguntas frecuentes
¿Puedo sacarle el turno yo?
Podés averiguar y acompañar el proceso, y conviene que la decisión y el contacto sean de la persona. Los turnos sacados por terceros terminan seguido en ausencias, y eso deja peor parada la posibilidad de intentarlo otra vez.
¿Le digo que creo que tiene depresión?
Podés compartir lo que ves, en concreto y sin diagnosticar: “noté que hace un mes que casi no salís y que dormís mal”. Describir conductas incomoda menos que poner una etiqueta.
Hace meses que está igual y yo no doy más. ¿Está mal sentir eso?
Es esperable y bastante universal. Sentir cansancio o enojo no significa que no te importe. Conviene tener dónde procesarlo, para que no salga en forma de reproche.
¿Sirve que le insista con que haga ejercicio?
La activación es parte del tratamiento, y la insistencia desde afuera suele generar resistencia. Proponer algo concreto y acompañarlo funciona mejor que recordarle lo que debería hacer.
Si estás acompañando a alguien y no sabés cómo seguir, se puede consultar por eso también. Acá está cómo trabajamos el tratamiento de ansiedad y depresión.
Manuel Marasco · Lic. en Psicología · MN 71168 Revisado en septiembre de 2026.
Bibliografía
- American Psychiatric Association. DSM-5-TR.
- Barlow, D. H. y cols. Protocolo Unificado para el tratamiento transdiagnóstico de los trastornos emocionales. Oxford University Press.
